viernes 18 de junio de 2010

Obsesión



Ayer por la tarde anoté el número de tu casa veintisiete veces. Las conté. El número de tu casa porque los celulares aún no existen y porque tengo que esperar a que sean las nueve de la noche para llamarte. Las nueve, porque sales de trabajar a las ocho y media, y el viaje del trabajo a tu casa toma veinte minutos. Veintisiete veces porque no sé, porque no quería olvidármelo, creo. Tú número es difícil de memorizar, no logro encontrarle un patrón aún. Llamarte porque no me atrevo a verte cara a cara, porque no me conoces, porque creerías que estoy loca.

Ayer por la noche te llamé, cogí uno de los veintisiete números y te llamé, y mis manos temblaron al sostener el auricular. No sabía qué decir cuando contestaras. Pero no contestaste. Pensé que de pronto habías salido diez minutos más tarde del trabajo y al momento de cortarse mi llamada, paralelamente sacabas la llave de tu bolsillo para entrar a tu casa. Así que volví a llamar, para que al entrar escuches el teléfono y me contestes. Pero no contestaste. Y pensé que de pronto habías salido quince minutos más tarde del trabajo y llegarías a tu casa en cinco minutos. Entonces colgué y decidí esperar a que llegaras.

No sé por qué no volví a llamar cuando se cumplieron los cinco minutos. Seguro porque aún no se me ocurría qué decir. Quizá porque entonces no solo temblaban mis manos sino también mis piernas. Tal vez porque en el fondo no creía que alguien como tú podía demorarse tanto siendo tan puntual.

...